Le Vertigo

Vértigo…

Según la RAE, definimos el ‘vértigo’ como §1. ese trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean, §2. una turbación del juicio, repentina y pasajera, o §3. el apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad. En sentido figurado, y en relación con la altura, como una sensación de inseguridad y miedo a precipitarse desde una altura o a que pueda precipitarse otra persona.

Subir a un escenario y tocar delante de otras personas puede dar vértigo, aunque no sea en sentido estricto. Sin embargo, ese vértigo tiene el poder de afectar a nuestro sentido del equilibrio y éste a su vez de alterar la percepción que tenemos del sonido que producimos y de las condiciones acústicas que nos rodean; nuestro juicio se turba y, como consecuencia, cambia la relación con nuestro propio cuerpo durante su movimiento. Sin duda, nuestra interpretación puede verse afectada por ese apresuramiento de nuestro ritmo interno. En ocasiones la ansiedad que nos imbuye es tan extrema que la calificamos de miedo escénico. Y pregunto, ¿miedo a qué?

Recuerdo la primera vez que me subí a un escenario a tocar delante de otras personas distintas de mi familia o mi profesora. Tenía 9 años, acababa de comenzar un curso de interpretación pianística, y alguien tenía que saltar a la palestra. Yo me lancé, con mis mini manos, una versión facilona del Claro de Luna de Beethoven y mucho, mucho desparpajo. No tenía nada que perder. Ni siquiera se me ocurrió que subir ahí a tocar para un desconocido delante de otras personas (también desconocidas) pudiera resultar intimidante. Era más bien divertido, ¡y podía tocar un piano de cola!

Pero la verdad es que hacer casi cualquier cosa delante de otra persona supone exponerte a la mirada del otro (y ¡oh, terror! a su juicio), por lo que requiere un cierto grado de confianza en uno mismo y en quien nos observa. Ya sea al hablar en público (a veces diría que para sincerarte en privado) o al salir bajo los focos a ofrecer tu música frente a una audiencia a la que no ves (pero que percibes en la oscuridad), si nos falla esa confianza podemos sentir que nuestra tarea consiste en atravesar un hilo invisible a veinte mil metros de altura y que nos va a faltar asidero de un momento a otro.

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Miedo al juicio. Obviamente, no sentimos miedo a hacer las cosas bien y que otros se den cuenta. Todo lo contrario, el miedo deriva de la inseguridad, de la posibilidad de no estar a la altura o fallar en presencia del otro. La cuestión es que el miedo a fallar podría, las más veces, acarrear peores consecuencias que el propio (hipotético) fallo. Incurrir en el fallo, equivocarse, podría, de hecho, tener consecuencias maravillosas y ayudarnos en la búsqueda de nuestra propia voz.

Pongamos por ejemplo uno de mis fallos garrafales. Recuerdo vívidamente aquel concierto en que me quedé en blanco. Como estudiante de piano, una de las cosas que se esperaba de mí era tocar de memoria, y ese día ni siquiera me planteé que pudiera tener otra opción. Y allí estaba yo, asiéndome con las uñas a un Turina que se deshacía en mi memoria. No fue una experiencia placentera y probablemente tampoco una de mis mejores interpretaciones, pero llegué al final. Descubrí que tenía el coraje de confiar en mí misma y seguir adelante porque había depositado a través del estudio un poso en mi interior capaz de sacarme de ese atolladero en el que mi mente me había metido.

Y, ya que estamos confesando, también recuerdo aquella vez que toqué tan desconectada de mí misma que, simplemente, no impresioné al tribunal. Mmm, mal momento para haber desconectado… Tardé buenos años en superar la decepción de no haber dado la talla, una decepción que se tornaba en vergüenza si tenía que hablar de ello. La cuestión es que (descubriría más adelante) me encontraba en un proceso (un proceso en el que aún me encuentro y que dudo finalice antes de que toque mi última nota): me quedaban por delante años de conocerme a un nivel físico para establecer un diálogo consciente con mi cuerpo cuando me sentaba a tocar, y no tanto de familiarizarme con uno u otro estilo interpretativo o de estudiar digitaciones, escalas, claves o contextos históricos…, aspectos todos que llevaba años cuidando. Claro, después de tanto tiempo estudiando, quién lo iba a suponer. Sin embargo, únicamente cuando empecé a establecer dicha conexión comprendí que el proceso de mejora no se interrumpe con una decepción, sino que continúa avanzando con más fuerza. Pero para ello es necesario aceptar que a veces pueda ser preciso dar pasos distintos, mucho más pequeños, y en direcciones nunca transitadas.

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Y me planteo, ya que hablamos de miedo. ¿No tendría que darnos más miedo la perspectiva de no poder volver a hacer eso mismo que nos asusta? ¿Qué pasaría si de un día para otro te enfrentases a no poder volver a tocar tu instrumento? ¿No te aterraría muchísimo más? ¿No quedarían los otros temores relegados a un segundo plano? Algo así podría ofrecernos una perspectiva bien distinta de ese vacío bajo nuestros pies que tanto nos asusta hoy.

Mira por dónde, también pasé por este miedo en mi etapa de estudiante. Durante un periodo de tocar mucho y a todas horas música propia y ajena (ah, la época de exámenes para el sufrido clavecinista acompañante…), durante un concierto interpretando la Marche des scythes de Pancrace Royer sentí, en un pasaje de cierta exigencia motora, un ligerísimo tirón en el antebrazo izquierdo, nada que no pudiera superar en el momento y que me fuera a impedir culminar el recital. La sorpresa me esperaba a la mañana siguiente, cuando descubrí con horror que no podía abrir la puerta de mi habitación con esa mano, tal era el dolor. ¡Tenía la mano inutilizada! Todo músico en la sala reconocerá ese miedo automático y visceral que te asalta a que la lesión sea seria o, peor aún, irreversible. Mi lesión y el proceso de recuperación que aparejó no le hacen sombra a la experiencia de otros músicos que conozco, como María Busqué o Yago Mahúgo. No obstante, el miedo fue real. Y la perspectiva de no volver a tocar aterradora. Quizá tuve suerte, porque vivía en Rotterdam un acupuntor especializado en lesiones musicales con quien descubrí no sólo que mis tendones y ligamentos se encontraban en perfecto estado, sino que las tensiones que afloran en la superficie normalmente se relacionan con aprensiones más antiguas y localizadas mucho más lejos. En mi caso estaban en la base del cuello y desde allí las había ido trasladando, inconscientemente y a lo largo de los años, hacia mis manos.

Como conclusión, incluso el episodio de miedo más severo me ha enseñado a relacionarme con mi cuerpo, con mi mente y con mi instrumento de una forma constructiva. Mirando atrás, descubro que ya no tengo razones para temer a los errores, porque cada vez que he errado he obtenido algo bueno a cambio. Y el miedo a la incomodidad o al cambio no está justificado pues mi cuerpo es tan elástico como fuerte, y yo tan flexible que seré capaz de adaptarme y salir reparada.

En estos momentos, atravesando meses ya de pandemia, con sus sucesivas cancelaciones, el miedo a no volver a tocar ha vuelto, y ya no se encuentra en mi interior o en el de tantos y tantos músicos que como yo se preguntan cuándo volverán a enfrentarse a sus vértigos sobre un escenario de la forma que acostumbraban. Nuestros antiguos miedos se han convertido en añorados conocidos, y ponemos el foco en sortear dificultades, una y mil que puedan venir, para tener la opción de volver a cruzar esa cuerda floja una vez más.

Y, mirando abajo, sentir que la sensación que experimentamos no es vértigo. Es euforia.

pg le vertigo

Referencias:

Joseph-Nicolas-Pancrace Royer, Pièces de Clavecin, 1er livre (Paris, 1746)

Barry Green, W. Timothy Gallway, The inner game of music (1986)

 

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