
“Do you play different on the harpsichord and the organ?”, me preguntó Reitze cuando volví a la capilla después de haber tocado la obertura de Siroe en el órgano. Y la verdad es que esta pregunta podría resumir el principal punto de interés ayer, en la masterclass sobre las obras para teclado de Handel en la que nos reunimos los alumnos de clave y órgano del conservatorio.
Sin duda, la articulación fue nuestro punto de partida ayer, y quizá también nuestro “demonio”: organistas “percutiendo” en el clave; clavecinistas “deslizándose” en el órgano… La pregunta inevitable: ¿Handel y sus contemporáneos encontraban tan diferentes ambos instrumentos? ¿Cómo estaban armonizados sus claves? ¿Estamos tan influenciados por la escuela tardía francesa que los nuestros son demasiado delicados ahora (aumentando enormemente la distancia respecto al órgano)?
En pocas palabras, alrededor de 1700 no había separación, sino únicamente “teclistas” (es cierto que en ocasiones más dedicados al repertorio sacro o al profano, claro está). Pero podemos decir que eran los mismos intérpretes sentados frente a instrumentos distintos. Hoy en día no podemos (¿realmente no podemos?) concebir que utilizaran dos técnicas diferentes. ¿Había pues UNA única forma de tocar?
Personalmente, aún estoy trabajando en encontrar mi “sonido” en el órgano, y debo reconocer que mi primera experiencia (y ayer fue la primera para algunos de los alumnos de clave) fue tan frustrante como la primera vez que me senté ante el clave después de años de tocar el piano.
Actualmente la separación existe: hay clavecinistas y organistas, estamos más especializados, y cuando decidimos aproximarnos al otro instrumento, este proceso nunca se produce de la forma “natural” en que debió de haber sido para los músicos del periodo barroco. Inevitablemente, venimos de un estilo donde nos encontramos “como en casa” y tratamos de adaptarnos a un nuevo sonido. La pregunta no podía hacerse esperar… Claro está, hay intérpretes que se dedican por entero a ambos instrumentos, y ahí podemos encontrar un ejemplo de que la distancia no debe ser tan grande (o de que han desarrollado “dos caras”); sin duda, preguntarles cuando surja la oportunidad sería interesante. Pero mientras tanto, quizá lo más útil sea dejar al propio instrumento sonar y “decirnos” qué funciona y qué no…
En última instancia, utilizamos las mismas herramientas: los clavecinistas disponemos igualmente de un amplio abanico de articulaciones para hacer “hablar” a nuestro instrumento…, y los organistas no rechazan el legato (¡incluso el sobreligado!). Me da la impresión de que es una mera cuestión de “cantidades”, de saber ajustar los ingredientes dependiendo del instrumento. Después de todo, ¿acaso no tocamos de forma diferente en un Giusti que en un Blanchet?