… pero esa es otra historia

Me gustan las historias.

Echando la vista atrás, siempre que me he parado a evaluar la senda recorrida, me acabo encontrando, una y otra vez, y desde todos los caminos posibles, con esta verdad aplastante situada en el centro de mi mapa: me gustan las historias.

De niña, a partir del momento en que desentrañé el misterio del primer cuento leído de forma autónoma, me perdía inevitablemente en las páginas de uno u otro libro, con una curiosidad insaciable como guía. Los cuentos infantiles dejaron paso a las novelas, a la poesía (aunque aquí reconozco que me queda aún mucha asignatura pendiente)… y los libros de ficción fueron haciendo naturalmente espacio para otros de temática más específica y de corte científico. Si algo me interesa lo suficiente, probablemente acabe vagando entre páginas de papel.

Paradójicamente, en mis años de colegio creía saber de mí misma de forma tácita que no me gustaba la Historia. Tampoco me interesaba demasiado en conocer quiénes eran los compositores que habían dejado escrita la música que ávidamente me dedicaba a estudiar al teclado. ¡Cuán perdidos pueden andar los niños si el acompañamiento en su educación no es el apropiado! (pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión).

Así que podría resumir mi Historia con las historias en torno a dos descubrimientos personales, dos hitos en mi propia vida.

El uno, cuando años más tarde, ya en la veintena, se despertó en mí un hambre por indagar en la Historia de la Música que acabó dirigiendo mis esfuerzos hacia la Musicología. Mis capacidades analíticas se volcaron aquí como lo haría un pajarillo en una charca un día de verano. Lo que ha derivado de ahí es ya historia.

El otro descubrimiento, mayor sin duda, lo supuso ser madre, y no por todo lo que ello implica (que no es poco). En el caso que nos ocupa, lo relacionado con los libros, me sirvió para darme cuenta de que me encanta leer en voz alta. E inventarme historias. Historias que de alguna forma parten de la cotidianidad de lo conocido, para pronto perderse en el laberinto de la imaginación y tejer una tela medio real, medio ficticia, que es el tejido más resistente que existe.

No te sorprenderá entonces si a lo largo de las próximas páginas coexisten el rigor investigador y la intuición, la reconstrucción histórica y la creatividad, todo ello aderezado al gusto… aquellos que me conocen saben que me gusta cocinar.

Museo Guggenheim, Bilbao
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